por: Victor Mejía Franco (1)
Los peruanos conmemoramos cada 28 de Agosto el regreso de Tacna al seno de la Patria. Epopeya de 50 años de resistencia de los tacneños a dejarse avasallar por la política abusiva y expansionista de Chile. Los tacneños de entonces jamás permitieron ser “chilenizados”. Qué lección cívica tan notable y tan digna de ser imitada por los peruanos de hoy. Qué triste es tener que comparar la conducta pro chilena de nuestro gobierno con esa heroica resistencia al invasor, grabada en las páginas de nuestra historia con caracteres eternos.
Pero el júbilo nacional al conmemorar los 80 años de aquella heroica gesta, se ve ensombrecido por la mancha vergonzante con que el gobierno de 1999 ha mancillado el honor de nuestro país. El traidor presidente Alberto Fujimori Fujimori condujo la equívoca y anticonstitucional Acta de Ejecución del Tratado de 1929, dando por cumplidas las obligaciones de Chile dispuestas por ese Tratado, que incluyen la construcción en el puerto de Arica de un malecón de atraque para barcos de calado, almacén de aduana y otras facilidades propias de un puerto libre.
Esta Acta de Ejecución de 1999 es uno de los más oprobiosos documentos de nuestra accidentada relación con Chile, una nueva capitulación frente a nuestro enemigo tradicional, suscrito sin necesidad alguna, sin escrúpulos, sin ninguna consideración con el pueblo de Tacna. En la misma, el Perú declina el ejercicio de los derechos soberanos que el Tratado de 1929 otorgó a nuestro país, como una compensación por la cesión definitiva de Arica, de modo tal que Tacna no quedara aislada geográficamente ni perdiera el uso y usufructo de su puerto natural, en Arica. Esta es la letra y el espíritu del Tratado de Lima de 1929, escamoteados con la traicionera Acta de 1999.
Los “juristas” que entonces y ahora defienden tan aberrante postura omiten considerar, como si fueran chilenos, que el rompeolas norte del puerto de Arica que Chile “ha entregado” al servicio del Perú, fuera de los 1,545 metros de la bahía de Arica que establece el Tratado de 1929, carece de condiciones físicas para acoderar “vapores de calado”, ó en lenguaje moderno buques de alto bordo ó barcos oceánicos, que es precisamente lo que permitiría a Tacna recuperar la cualidad marítima de que gozaba antes de la invasión chilena. Al regresar al Perú, el pueblo de Tacna no tiene por qué quedar eternamente perjudicado y es ésta la base del derecho que justifica el Artículo Quinto del Tratado de 1929, una de las escasas compensaciones que obtuvo el Perú en el desastroso escenario resultante de la capitulación de Ancón.
Sin rubor alguno, muchos “internacionalistas” peruanos, quizá bajo el peso de un pronunciado complejo de inferioridad, arguyen que esa Acta de Ejecución de 1999 modificó el Tratado de 1929, y que por tanto no hay nada más que hacer.
No sorprende por ello la forma elusiva cómo Torre Tagle se ha referido al Tratado de 1929 cuando hubo necesidad de puntualizar la cuestión del Hito Concordia en la demanda interpuesta ante la Corte Internacional de La Haya. Pero basta un ligero análisis jurídico del tema, tan sólo a nivel de principiantes, para considerar que por jerarquía de la norma, un Acta de Ejecución no puede modificar lo dispuesto en el Tratado que pretende ejecutar, porque entonces se tendría más bien, como en el caso presente, una Acta de violación del Tratado. Un Tratado sólo puede ser modificado por otro Tratado, con los mismos requisitos formales del tratado original, incluyendo la aprobación y ratificación congresal. Tampoco estamos frente a una novación del Tratado, que tiene los mismos requisitos formales. De otro lado, el derecho no ampara su aplicación abusiva por una de las partes, cuando la otra parte ha aceptado en su perjuicio un trato excesivamente oneroso, como en este caso, en el cual Perú hace renuncia de derechos consagrados sin contraprestación alguna.
Este sombrío panorama, como son todos los originados por actos corruptos o traidores, debe superarse por medio de la denuncia de nulidad de dicha Acta de Ejecución del Tratado de 1929. El problema radica en encontrar el tribunal internacional arbitral que sea aceptado por ambas partes, lo cual supone una tarea nada fácil. Pero ello no puede constituir una traba insalvable para redimir a nuestro país, de una buena vez, de esta clase de gobiernos traidores, que no resuelven los problemas nacionales sino que al contrario dejan pesadas hipotecas como herencia para las futuras generaciones de peruanos.
Tacna, la heroica merece no sólo nuestro respeto, requiere de nuestra acción, aquí y ahora.
(1) De la Comisión Patriótica para la Defensa del Mar de Grau