por: Gustavo Durand
Nuestro mar territorial constituye, a lo largo de toda su extensión y profundidades, la reserva de recursos de las futuras generaciones de peruanos. En momentos en que surge nuevamente la peregrina tesis de aceptar inconsecuentemente la Convención del Mar, como documento que regule el dominio que debe ejercer nuestro país en forma soberana sobre tan importante región de nuestra heredad, queda expresar la sensata y patriótica posición de negar con la más firme de las convicciones tal posibilidad.
El Mar de Grau, nuestro Mar peruano, constituye una de las más ricas y privilegiadas regiones del planeta, en la cual la existencia de una extraordinaria fauna y flora de vida acuática florecen es sus más diversas variedades, debido principalmente a la confluencia de las dos corrientes marinas, que privilegian nuestras costas para el gran encuentro de sus aguas. La Corriente de Humboldt, cuyas aguas provenientes del Pacifico Sur antártico, de temperatura inusualmente bajas, transportan una cantidad extraordinaria de plancton, lo que ha contribuido a convertir sus aguas en uno de los más importantes puntos de convergencia ictiológica del planeta. Riqueza marina inconmensurable que se manifiesta en cadenas de peces, moluscos, crustáceos y aves guaneras, que a no dudar genera la avidez de las grandes trasnacionales pesqueras. Y la Corriente del niño, cuyas aguas cálidas provenientes de Oceanía ingresan a nuestro mar por la costa norte llegando hasta Paita, y provocando un abrupto ascenso de la temperatura con el consiguiente traslado en sus aguas de una flora y fauna correspondiente a aguas cálidas, aun cuando sus efectos adversos se dejan sentir en no pocas ocasiones sobre la extensa área del norte peruano.
Nuestras costas, desde Tumbes hasta Tacna, se extienden a lo largo de 3,000 kilómetros y se proyectan 200 millas mar adentro (370 kilómetros), cubriendo un área de unos 864,000 km2, un tercio de nuestra superficie geográfica. Sin la CONVEMAR, el Perú, ya ejerce plena soberanía sobre el amplio volumen de sus aguas, incluyendo el suelo, subsuelo y zócalo marino. Aquí se desarrollan a plenitud innumerables especies como el jurel, el atún, la caballa, las sardinas, la merluza, además de la cotizada anchoveta, usada para producir aceite y harina de pescado, lo que ha permitido convertir al Perú en el primer productor mundial de este insumo, aunque en desmedro de la alimentación de miles de niños, los que deberían ser los primeros beneficiados de tan importante riqueza alimenticia. En el aspecto energético y mineral se estima que el subsuelo de este vasto territorio contiene una de las reservas más grandes de gas, petróleo, cadmio, oro, e incluso uranio, recursos cuya explotación se vería seriamente comprometida al suscribir un documento cuya permisividad en provecho de terceros, dañaría irremediablemente las posibilidades de desarrollo de los peruanos de hoy y de mañana.
El Perú, país marítimo, sin flota pesquera de alta mar, con una marina de guerra insuficientemente preparada para defenderla, sin flota naviera mercante para el traslado de nuestros productos, quedaría expuesto al saqueo internacional. Cuánto daño hizo la política antipatriota del entreguismo neoliberal. Contra esta realidad es necesario retomar la senda del desarrollo, que pasa por robustecer nuestra capacidad de tomar decisiones soberanas sobre este trozo inalienable de la heredad nacional.
Fuente: Diario La Primera