Antartida
  En nombre del Perú, un viaje hasta el fin del mundo - 17/01/2012
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A 5,546 kilómetros del verdadero Machu Picchu se encuentra en la Antártida la Base Científica Peruana que lleva el mismo nombre.

Después de dos inviernos de abandono, 20 expedicionarios empezaron la travesía cinco días antes de Navidad en el Aeropuerto Jorge Chávez con rumbo a Buenos Aires. Este recorrido transcontinental estuvo lleno de peripecias e imprevistos propios del clima austral extremo. Aquí el primer resumen de la Vigésima Expedición (Antar XX) en nombre de la patria.

¡Diana, Diana, Diana! resuena en el buque argentino Canal Beagle. A las siete de la mañana se repite tres veces el nombre de la diosa griega de la claridad y el día. Es la orden para levantarse.

Hace dos días llegamos a bordo de un avión Fokker F28 de la Fuerza Aérea Argentina a Ushuaia, destino turístico que se conoce como el fin del mundo. Nuestra misión indica que 400 millas después de esta romántica idea del término del planeta todavía existe tierra y si no fuera por el mal tiempo, ya estaríamos sobre ella.

Desde que aterrizamos el viento enfureció e impidió que el buque se acerque a recogernos. La "Corbeta Uruguay", embarcación naranja que se dedica al transporte de víveres, fue la encargada de trasladarnos al buque. Luego de subir 14 metros por una inestable escalera de cabos pisamos -por fin- la cubierta del Canal Beagle.

Para que este navío pueda operar, el viento no puede exceder los 40 km/h. En estos tres días el viento superó los 100 km/h, lo que impidió nuestra salida. El Comisario Daniel Brudo tiene una explicación: "Es mala suerte para la armada argentina: un pingüino, un cura y una mujer. Fijate que llegaste vos y no podemos zarpar".

Los cocineros llevaban días preparando la cena navideña para los 130 tripulantes a bordo. El variado menú incluye lechón Luis XV que como todo marinero lleva una pipa (de zanahoria), enrollado de pollo y de postre turrón de maní, budín y pan dulce. Antes de la cena el chef peruano Aldo Saavedra tomó la cocina por asalto y preparó un delicioso pisco sour.

La fiesta se divide en dos salas, una de sub oficiales y otra de oficiales. En la primera se desata una fiesta llena de música y baile, mientras que en la otra habitación -la oficial- predomina un tímido karaoke. Al llegar mi turno, sin pensarlo, decidí poner a bailar a comandantes y capitanes. Hice colgar una servilleta de mi bolsillo, entregué a disposición de la sala un encendedor y puse play a el Alcatraz. Los argentinos no resistieron el son de la tambora ni de los clarines al compás. ¡Qué viva el Perú!

Cincuenta horas por el temido Drake
Rumbo al fin del mundo.La mañana del 25 de diciembre amaneció fría y la resaca culmina con este anuncio. El departamento de meteorología notificaba que el 28 el Mar de Drake se encontraría en condiciones innavegables, por lo que advertían que la partida será inminente, sin importar los vientos.

En esa última cena fondeados, un guardiamarina lleva bordado en su casaca una frase que refleja el color de esta aventura: "Se necesitan hombres para viaje peligroso. Mucho frio, poca paga. No se garantiza regreso con vida, solo honor y reconocimiento en caso de éxito".

Cerca de las 10 de la noche la actividad del buque se torna tensa. En la cubierta un fuerte chirrido anunciaba la elevación del ancla y en el puente (cabina de mando) los monitores se encendieron. El Segundo Comandante Pablo Páez me adviertió que para apreciar la maniobra debo permanecer en silencio, caminar por los bordes y, lo más importante, no usar flash, pues cualquier destello entorpecería las funciones.

Los motores rompen la quietud del navío. No hay duda que ya nos enrumbábamos al continente menos explorado por el ser humano, tan alejado que Papá Noel fabrica sus juguetes en el otro Polo, y en el sur, no hay leyendas.

Antes de ir a dormir el Comisario Brudo me indicó: "Amarrá todas tus cosas, esta madrugada ingresamos al Drake".

Luego de pasar el estrecho Canal de Beagle, donde las caídas (curvas) se deben hacer bruscamente para no estrellarse contra ninguna costa, comienza el mar de Hoces más conocido como el paso Drake, una agitada porción de mar que separa América del Sur de la Antártida.

Un fuerte ruido nos hizo saltar de la cama a mí y a la guardiamarina Alejandra Cortez, compañera de camarote. La silla se empotró contra el closet y el termo de agua y los implementos para el mate de Cortez yacían en el piso. En medio de risas por nuestra poca estabilidad me dice: "Bienvenida al Drake".

Faltan dos horas para que suene el Diana. En el puente se verificaron coordenadas por radio. Se llamó por teléfono. Se revisó la carta marina y se comparó con el GPS. Se dictaron números que significaban una dirección. La concentración debía ser total las próximas 50 horas. El cabeceo, movimiento de popa a proa, aumenta con el tamaño de las olas y  se controla que el rolido, movimiento de babor a estribor, que no sea menor a 11 segundos pues, de lo contrario, las 5,235 toneladas de buque se volcarían.

El mareo aumentaba.  Fui por agua. Grave error. Ahora mi estomago vacío albergaba su propia tormenta. Podía escuchar como ese liquido se removía al compás del buque. Trate de concentrarme pero no pude más. Subí rápidamente al camarote estrellando mi cuerpo contra las paredes del pasadizo, abrí la puerta del baño y vomité toda el agua y algo del lechón Luis XV. La mayoría de compatriotas no bajaron a almorzar y algunos tampoco cenaron.

Por la tarde, solo hay 10 minutos de agua caliente. Al escuchar el anuncio me dispuse a entrar a la ducha ignorando que esa simple acción se tornaría un acto de equilibrio. Dos manijas de acero ayudan a estabilizarte dentro de ese metro cuadrado resbaloso pero es imposible impedir que al contacto con el agua el shampoo corra hacia los ojos, lo que te obliga a escoger que mano soltar para limpiártelos.

El Drake nos regaló olas de cinco metros y para los marineros más expertos, este largo pedazo de océano, esta vez se portó como un caballero. Suerte la de nosotros.

Fuente: Peru.com



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