Por: Leopoldo Scheelje Martin*
“Para llegar a Ancón es preciso tomar el tren en una estación de Lima. Nuestras primeras millas a través de los suburbios y haciendas, o plantaciones de caña de azúcar, nos llevan a una estación llamada Las Infantas. Luego, después del riachuelo de Chillón, pasamos por otra estación, Puerto de las Piedras, junto a ciertas viejas ruinas de adobe a través de un Gólgota de calaveras y otros huesos para llegar a la pequeña villa de madera de Ancón… La pequeña bahía, abierta al mar, pero protegida de los vientos del sur, de fácil y seguro acceso… estas playas son realmente las mejores de las vecindades de Lima”.
Aunque quisiéramos no podríamos regresar a los tiempos en que se da está idílica descripción que nos hace Carlos Neuhaus Rizo Patrón en su libro “Navegando entre el Perú y Ancón”, pero, aquellas aguas calmas que han sido sede de innumerables campeonatos y espectáculos, aquel pueblo lleno de preciosas casas de madera, aquel malecón que quiso imitar a Copacabana en el diseño de su pavimento y por donde han paseado y aprendido a montar bicicleta innumerables connotados peruanos y peruanas, aquella villa promovida por el presidente Balta y morada de ilustres peruanos como don Ricardo Palma, ¿ha llegado a su fin?
“Los más antiguos anconeros son de 7.000 años antes de Cristo y en todo este tiempo estas playas han albergado diversidad de hombres y mujeres con culturas diferentes, especialmente en los últimos 2.000 años. Flujos y reflujos culturales caracterizan los períodos arqueológicos de la bahía; los únicos permanentes siempre han sido los pescadores, desde que se descubrió la abundante fauna marina [...], escribió Alberto Bueno Mendoza. La historia de Ancón puede apreciarse en el Museo de Sitio, con planos de Guillermo Málaga Sotomayor y hecho realidad gracias al Patronato de Ancón, presidido entonces por don Alejandro Miró Quesada Garland.
Hoy, otra institución privada, Apancón, con el Yacht Club de Ancón, lideran una nueva cruzada para revalorar Ancón, su gente y su historia: promover la tradicional pesca artesanal, rescatar los valiosos ranchos anconeros, remodelar el malecón, preservar sus tranquilas aguas, en pocas palabras rescatar la vocación natural de pesca y de recreo que tiene esta preciosa bahía, antes que siga los pasos de otras como la de Chimbote, por ejemplo.
¿Y por qué esta cruzada? ¿Por qué esta preocupación? Porque una empresa quiere construir un puerto de granos y contenedores, dicen que para enriquecer el balneario y dar trabajo. Como no hay mal que por bien no venga, quizá sea esta amenaza el impulso que los anconeros necesitaban para cerrar filas y contribuir con su inversión y dedicación en volver a hacer de Ancón aquel de los festivales de la canción.
Comparo la situación con la más conocida historia de aquel parque que se convirtió en cemento y ladrillo por el afán utilitario de las cosas. La bahía de Ancón tiene aproximadamente cuatro kilómetros de longitud y el muelle que quieren construir ocupa la mitad, es decir según propia declaración está a 2 kilómetros de Playa Hermosa (extremo sur de Ancón), claro está, sin considerar el espacio que requieren las naves que lo utilizarán para sus maniobras. Aún si estas naves fueran depositadas en helicóptero verticalmente en el muelle de descarga, la bahía se reduce a la mitad. Regresando al ejemplo del parque, es como si la mitad del parque que está frente o cerca de su casa la convierten en una fábrica. ¿Puede alguien creer que no tendrá ningún efecto sobre el vecindario? Más aun, lo más probable es que usted se mude y la mitad del parque restante quede inutilizado por los residuos que esta fábrica arroje.
Nos encontramos entonces ante una vieja encrucijada. Dejamos que la actividad utilitaria inmediata y fácil arruine nuestro legado histórico o decimos no. Es momento de tomar acción sobre este regalo de la naturaleza, convertirlo en una playa turística, recreacional que sirva a los pobladores del cono norte y a los veraneantes transeúntes tradicionales anconeros, que desde el siglo XIX acuden a este balneario.
Para esto solo hace falta la voluntad política de no permitir la construcción de este puerto y la decisión de los anconeros de invertir en su distrito y convertir la milenaria bahía natural en un atractivo turístico de talla internacional. Tiene todos los elementos para serlo: marinas, barrio antiguo, historia, restos arqueológicos, hermosos paisajes naturales, entre otros. En ellos se pueden desarrollar hoteles, restaurantes, paseos y festivales musicales. ¿Qué nos detiene?
(*) Ex presidente de la Confiep
Fuente: Diario El Comercio